Visita a Bodega Otazu: arte en todos los sentidos

Estoy mirando el cielo azul. Hay un edificio imponente que contiene una bodega. La temperatura es agradable y el silencio total. Hasta aquí todo parece normal en una visita a bodega. Pero no. Me dicen mis compañeros que aquí, en Otazu, el cielo nunca pinta el color de hoy y que ese edificio estaba en ruinas hace apenas unos años. Algo me dice que este sitio me esconde secretos. Voy a escabullirme del grupo; quizá esas imponentes esculturas que parecen meditar mientras me observan de reojo quieran contarme algo. Silencio mis pasos por un camino bordeado de árboles de plátano y me planto frente a ellas. Siento que me miran pero no, su piel de tiras entrelazadas de metal oxidado no exhiben ojos. Sin embargo, siento su presencia. Yo ya he vivido esto. Y la pista me la da una escultura de color rosa vivo que surge de la tierra en el centro de un campo inmenso que la homenajea postrándose sin osar a levantar la vista. Estoy en una galería de arte. Al aire libre; una galería sin paredes y, sin embargo, contenedora de experiencias. Me emociono. Pensaba que venía a la visita a Bodega Otazu como una visita más. Pero esto promete una experiencia, nueva, inolvidable. Sigo andando…

Edificio del museo, galería de arte, sala lounge de eventos y oficinas

Una galería de arte entre viñas y edificios del s XII

Mientras busco sombra en unos plátanos desnudos que se niegan a ofrecérmela, me alcanza el grupo. Dicen que vamos a ver una iglesia del sXXII, y un castillo.. ¿Dónde, aquí? Si yo estoy en un museo del futuro… pero me dejo llevar. Miro de reojo a las esculturas, que siguen meditando, transmitiendo su paz a la tierra, a sus visitantes, y echo a andar. Tenemos una anfitriona que se emociona al hablar de esta propiedad, de las cosechas perdidas siglos atrás, de edificios desmoronándose… y de cómo un navarro vuelve a su terruño tras varias décadas y decide levantar una bodega en una tierra que siempre ha sido fértil y en la que imprime toda su ilusión. Y con él vienen las obras de arte, su otra gran pasión. Entonces todo cobra sentido. Cuando detienen nuestro paseo entre una torre de vigía del sXXII, una iglesia y… un castillo. Me dejo llevar por toda la confluencia de estilos de varios siglos… y empiezo a vislumbrar unos corazones gigantes que laten al unísono a pesar de su apariencia pétrea. Y el mío con ellos, balanceándose al son de unas aguas que hacen olas en unos cubos de cristal… en este gran museo al aire libre –nos dice nuestra guía– ese agua de los cubos cogerá con el tiempo los colores de la Bodega Otazu. Es otra de las obras de esta colección, “Los colores de nuestros vinos”, que quedó en esta tierra como muestra de la primera Bienal que organizaron los propietarios, a la que han seguido otras.

Obra de arte

Capilla con intervención del artista en el terreno

En esta visita a Bodega Otazu descubro que por aquí han pasado las mentes privilegiadas de artistas contemporáneos que, invitados por la familia, han metido sus pies en la tierra y han participado de labores en la elaboración del vino mientras sus cabezas soñaban con obras únicas que han dejado aquí como huella de su paso.

Una barbacoa en el patio, jugamos a ser enólogos… ¡o celebrar Máster Chef China! en Bodega Otazu

Seguimos la visita entrando a un patio de lo más campestre, donde puedes sentarte en unas balas de heno a degustar una barbacoa… o a lo que tú propongas. Porque en Bodegas Otazu se organizan eventos de lo más variopinto. De hecho nos comentan que aquí en este patio se ha organizado hace poco una barbacoa para amigos, y que las habitaciones del fondo se pueden alquilar. Y que proponen a los grupos que les visitan “Jugar a ser enólogos”, elaborando vinos que compiten entre ellos en catas a ciegas y con posbilidad de recoger una barrica con su vino, incluso embotellado y con etiquetas personalizadas. Pero que esto es a pequeña escala… dejo de oir la conversación porque un gato me mira. No lo puedo evitar: soy de personalidad dispersa. Charlo un rato con el gato, que me cuenta que es feliz aquí (¡no hay más que verlo!) y cierro los ojos para imaginarme una vida aquí. Pero de pronto algo despierta a mi mente: ¿alguien ha dicho Máster Chef China? Pongo el oído y miro al gato. Alguien está contando que aquí se rodó la final del concurso. Y que los participantes jugaron a ser enólogos. Pienso que en algún sitio debe haber una barrica con su imaginativo vino. ¿Pero dónde? El gato ya no me contesta. Tendré que buscarlo por mí misma.

¿Por qué este vino tiene notas ahumadas?

Estoy sentada en una sala con grandes cristaleras. No sé cómo he llegado aquí, pero recuerdo estar hablando con un gato de Máster Chef China. Ahora alguien habla de un chef con una Estrella Michelin. Me siento Alicia en el País de las Maravillas. Alguien me ha traído a una mesa con unos manjares exquisitos y unas botellas que dicen “Bébeme”. Miro a mi alrededor, son mis compañeros de mesa los que hablan: Koldo Rodero ha diseñado este menú. Lo pillo: el de la estrella Michelin. Cojo el cubierto y dejo que me tiente con trampantojos, productos de estas tierras (espárragos, carnes,…) y recetas de otras (risotto…), y descubro que el vino se ha colado en el postre (gel de frutos rojos con su vino merlot). ¡El vino! Esa etiqueta que me miraba diciendo “Bébeme”… ahora recuerdo que con la carne he notado que el vino tenía notas ahumadas. Me sorprende, pero tiene una explicación: en este vino se ha aplicado un tostado directo de la barrica. Vuelvo a dejarme llevar por las sensaciones, y busco bajo de la mesa a un conejo con reloj al que seguir…

La catedral del vino en la visita a Bodega Otazu

Las grandes barricas de acero me devuelven mi propia imagen y me sorprendo. Y no tengo el sabor ahumado en la boca, pero mi olfato me dice que esta parte de la visita ya la conozco: los años en barrica, la vendimia,… Sin embargo aquí hay una barrica especial: escrito a mano leo “The Real Máster Chef” acompañado de unas letras en ¡chino! Ajá, le he ganado la partida al gato. Quiero salir a decírselo pero me pierdo y llego a una catedral. Sí, esa es la sensación que tengo en una sala de techo abovedado con más de 1.000 barricas de origen francés que parecen quedar suspendidas. Mi olfato se vuelve a acelerar y entiendo de pronto por qué a Bodegas Otazu se le conoce también como “La catedral del vino”. La arquitectura es sobrecogedora. Pero no todo se queda en la estética. En esta sala la temperatura se mantiene constante de manera natural, a la antigua. Y nos hacen tomar nota de que cuando se habla del vino a temperatura “ambiente” es este ambiente: 16º. Tomo nota 😉 Pero tengo frío, y veo una escalera que sube…

El Museo del Señorío de Otazu

Una mujer me mira. Se llama Ariadna y su pelo revuelto me recuerda a mí misma con el cerebro a mil. Trato de situarme. Estoy en una sala rodeada de instrumentos de labranza, poda, siega… rehabilitados y organizados perfectamente. Ariadna me habla de tiempos anteriores, 8, 7, 6 siglos atrás… de tierras abandonadas y material esparcido, enterrado. De un hombre que decide recoger todo, recuperar la historia y traer la suya propia aquí. Y de hacerlo en forma de 2 museos: el Museo del Señorío de Otazu, con los instrumentos que hablan de esta propiedad y su pasado. Y de la galería de arte que hará que se hable de Bodegas Otazu en el futuro: obras de arte de artistas nacionales como Manolo Valdés, Xavier Mascaró o internacionales de la talla de Julian Opie o Anish Kapoor. Escultura, pintura, instalaciones, poesía, música… ¿Música?

 

Vista, gusto, olfato… y oído con un concierto de arpa de Zoraida Ávila

Una mujer entra con un traje dorado y se sienta. A su derecha, un arpa. Se presenta de forma sencilla, pero yo sé que es una cotizada concertista internacional. Su arpa tiene 7 pedales, y su música, como ella lo define, es la de un animal cuadrúpedo. Me pierdo entre sus notas que lloran a Venezuela y acarician a mi España. Me hipnotizan sus manos acariciando las cuerdas, mi cabeza sale a pasear por estas tierras llenas de arte en todos los sentidos. Levanto el vuelo para acariciar la arquitectura de los edificios, las piedras que componen estilos de varios siglos, vagar entre las vides, y despedirme de todas las obras de arte que no permanecen impasibles en Bodegas Otazu. Siento su presencia y me dejo llevar, y me despido, con los últimos acordes del arpa de Zoraida Ávila.

Gracias, Sandra, Guillermo!!! Por esta invitación sorprendente y emotiva. Una experiencia para los 5 sentidos, súper-recomendable.

Tocando el arpa frente a la sala de barricas