Vino y cerveza

En una promoción que me llegó vía Facebook, decía:”Vino contra cerveza; cena maridaje”. Una vez más oposición, confrontación en vez de complementariedad. ¿Porque vino contra cerveza? ¿Qué intereses hay en enfrentar estas dos bebidas fermentadas?

Mi experiencia como apasionado de ambos “brebajes” (término que puede parecer despectivo pero que a mí me parece adorable ya que tiene una connotación telúrica y mágica a la vez, y siempre lo relaciono con Panoramix, el druida del poblado de Asterix) siempre me ha llevado a pensar que ambas bebidas pueden convivir e incluso cohabitar en una buena mesa. Y ese pensamiento que nace de la pasión por ambas, es él que intento que también señale mi camino profesional como sumiller.

En este país nos empeñamos en dar tanta relevancia social a una de estas bebidas, el vino, como menospreciar su valor cultural y culinario de la otra, la cerveza. Y nada más lejos de la realidad gastronómica. Y no hablo de dar “bola” a la cerveza sólo cuando al vino se le presenta una papeleta casi irresoluble (las conocidas alcachofas, los ardorosos picantes, etc, etc); no!! Hablo de compartir protagonismo en el mantel, de ampliar las perspectivas de disfrute y de comunión entre plato y copa, porque la diversidad de posibilidades que nos puede ofrecer la cerveza es grande; sumadas a la potencialidad del vino, nos ilumina exponencialmente nuestra imaginación a la hora de ofrecer alternativas a un comensal. Porque participando al mismo nivel, sin rivalidades, vino y cerveza, en una misma comida, desde el sugestivo aperitivo hasta el seductor postre, nos dará un plus de calidad y una diversidad que no tendríamos si sólo nos atrincherásemos en los conceptos tradicionales.
Por poner sólo un ejemplo: imagínense ambientarse con un floral y fresco  vino blanco, por ejemplo un gewurztraminer. Tomar esos primeros que solemos pedir al centro, para compartir, mientras tomamos una cerveza de trigo, marcada por un sugerente paso vegetal y un recuerdo ligeramente cítrico. Seguir con un vino que acompañe al plato principal (según el plato, armonizaremos el vino) y terminar con un postre al que las notas achocolatadas y la golosidad caramelizada se la insinuaremos en forma líquida, una cerveza especial, de las muchas que nos oferta la atractiva cultura belga.
¿Quien puede negarme, que tras leer la propuesta, nuestro cuerpo, animado por los resortes ocultos de la mente, no ha empezado a segregar hormonas estimuladoras del deseo?

Nadie discute la riqueza cultural y la tradición del vino; empiecen a descubrir la inmensa diversidad del mundo de la cerveza, la amplitud de posibilidades y la majestuosidad de su presencia en la mesa.  Porque la versatilidad  y la riqueza de alternativas está en la comunión, en la complementariedad.