Viaje por La Rioja sin pisar una bodega

¿Es posible pasar 5 días en La Rioja y no pisar una bodega? Hago la pregunta como enamorado del mundo del vino. No digo que se pueda estar en La Rioja sin acariciar una copa de vino, hablo de no pisar una bodega, entrar en las aromáticas salas de barricas o percibir esas sensaciones especiales cuando te mueves entre sus instalaciones.

He conocido y paseado por muchas de las bodegas de La Rioja, tanto en ribera izquierda  del Ebro,  la zona alavesa, como en la orilla derecha del Ebro, la margen riojana. Y en este nuevo viaje de Viajeros del Vino mi pretensión era saber si podría pasar por delante de la puerta de las bodegas, desde López de Heredia hasta Regalía de Ollauri, pasando por pequeñas artesanas de buenos caldos, como Bodegas Daniel Puras, de Briones, sin traspasar el pasional umbral de su entrada.

Durante estos días me sumergí en La Rioja, en sus viñedos y su cultura, sus gentes y sus poblaciones. Exploré Haro, sus plazas (como la de la foto), calles y callejuelas, recorrí “La Herradura” y conocí sus caldos en las diversas barras de sus bares, barras coloristas donde los pintxos se muestran orgullosos y solemnes. Y si de tapas hablamos, no pude resistir la tentación de bajar hasta Logroño. En la capital riojana, no se puede pasar un día, hay que descubrirla con calma. Su zona más antigua, pero también su restaurada y coqueta Gran Vía, cargada de modernidad y vanguardia. Su parque alrededor del Ebro y sus posibilidades recreativas y de ocio. Y por supuesto, la Calle Laurel, ruidosa y bulliciosa cuando la luz  va dejando paso a la noche, y nerviosa y dinámica al mediodía. Laurel lleva el nombre y soporta la mayor carga ambiental y de chateo, pero muy cerca de ella vuelve a resurgir la Calle San Juan, esplendorosa y gastronómica, mostrándose culta y reivindicativa, buscando un espacio en nuestro paladar a base de gusto y calidad.

La Rioja del tapeo y amistades exaltadas da paso al paseo cultural, monumental y reposado. Ya hemos mencionado Logroño y su Gran Vía, orgullosa y engalanada. Quiero recomendar, o más bien sugerir, otras dos poblaciones:

Laguardia, majestuosa y receptiva. Calles de casas palaciegas asentadas sobre un subsuelo totalmente excavado, donde las bodegas y las cuevas recorren toda la población. Entrando por una de las cinco puertas( en la imagen una de ellas) que dan acceso a la villa podemos deambular por sus calles, dirigirnos al norte del pueblo para encontrarnos con la Iglesia de Santa Maria de los Reyes, con su pórtico en piedra policromada. Si nuestro recorrido es hacia el sur, descubriremos la Iglesia de San Juan.

Siguiendo la muralla por el exterior, se puede rodear el pueblo caminando por sus paseos: el Collado, los Sietes, la Barbacana, el Paseo de la Cigüeña y la Plaza Nueva. Lugares que permiten dejar vagar nuestra imaginación y contemplar los viñedos que se extienden a nuestros pies.

A Laguardia llegamos desde Logroño; el camino nos hizo atravesar Elciego, donde es imposible no girar la vista hacia la bodega que más “metros de letras” ha hecho escribir a los periodistas especializados, Marqués de Riscal y su famoso hotel-spa. Nuestro punto de destino es Briñas (foto primera), la otra localidad por la que deseo compartir mi paseo, tranquilo, profundo y reflexivo. Hasta llega a esta pequeña y a la vez solemne población, muchos son los lugares donde nos podríamos detener  para conocer sus rincones y sabores: Samaniego, Ábalos, San Vicente de la Sonsierra, Labastida…, bellos parajes cargados de encanto, historia, y buen vino.

Pero nuestra posada está en Briñas, y nuestro viajar nos lleva hasta ella. Pequeña en habitantes y grande en historia, se muestra blasonada, con calles forjadas por casas señoriales. Recorrida por el Ebro (la vista desde las bodegas escavadas es impresionante), Briñas está rodeada de viñas y luz, como toda la Rioja Ata, entre las que pasear para recuperar el sosiego y la armonía interior es algo realmente reconfortante.

RIOJA FRESCO Y JOVEN

Viajeros del Vino paseó por La Rioja, por sus pueblos y sus campos, por sus parques y sus montañas, entre viñedos y de tapeo; vivió con el pueblo riojano su pasión por el vino, sí, sí, habéis leído bien, pasión por su vino. Por segundo año consecutivo, durante los jueves de verano, la Calle Bretón de los Herreros de Logroño se convierte en improvisada y callejera sucesión de tascas; vinos jóvenes que se muestran, al público, juguetones y llenos de sensaciones frutales. Tintos, pero también blancos y rosados. Las bodegas muestran y ofrecen sus vinos, y Logroño en pleno, y su área de influencia, está allí, para vivir el vino. Lo vivió el pueblo riojano y lo vivió Viajeros del Vino, porque por nuestras venas lo único que circula es pasión por el vino.

Orlando