Descubrir las otras variedades blancas

Seducir, ese es el gran reto de cualquier vino, y en busca de esa seducción las bodegas se afanan en elaborar vinos que sean capaces de despertar en el consumidor sensaciones que mucho tienen que ver con el placer.

Dentro de la ingente oferta de vinos blancos españoles, hay muchos que consiguen importantes niveles de calidad. La mayoría están elaborados con uvas bien conocidas y apreciadas por el público; naturalmente me refiero a variedades como la Albariño, Godello, Verdejo, Viura, Chardonnay, Moscatel, Malvasía, etc. De estas variedades es fácil encontrar en el mercado vinos monovarietales y, por supuesto, combinaciones, que con frecuencia son realmente estupendos.

Bien es verdad que todos sabemos que la variedad en sí, no garantiza la calidad del vino, ya que ésta depende, en buena medida, del “savoir fair” del enólogo, de los medios técnicos de la bodega y, por supuesto, de la tierra y de las técnicas y cuidados de su cultivo.

Pero ahora me gustaría referirme a otras variedades, casi desconocidas para una buena parte del público en general; variedades realmente minoritarias y cuyo descubrimiento puede representar toda una sorpresa para el aficionado.

Me refiero a uvas que con nombres como Albarin, Vigiriega, Hondarrabi-zuri, Chenin Blanc, Malvar, Doña Blanca, etc, son cultivadas y mimadas por algunos bodegueros en un empeño, casi aventurero; posiblemente buscando dos objetivos básicos: mantener vivo ese viduño y proporcionar al consumidor algo realmente diferente.

De estas variedades, he tenido recientemente la oportunidad de catar algunos vinos monovarietales muy interesantes y me gustaría compartir su conocimiento con todos los aficionados.

Tal es el caso de un delicado y aromático Albarín Blanco de la zona de León (Bodegas Miñanbres); un singular y personal Vigiriego de la Alpujarra (Bodegas Fuente Victoria); un Chenin Blanc del Penedés, mineral y especiado (Bodegas Can Rafols dels Caus), un excelente Hondarrabi-zuri de Gernika, aromático, afrutado y lleno de nervio, el mejor txakoli que recuerdo (Bodegas Itsasmendi); un Picapoll de Pla de Bages, fresco, ligero y afrutado (Bodega Masies d`Avynó) y un Malvar madrileño, aterciopelado y elegante (Bodegas Jeromín).

En ningún caso me he sentido defraudado al probarlos, al contrario, siempre he tenido la sensación, entre sorprendida y admirada, del que descubre algo nuevo interesante.

Me gustaría animar a todos a que sean intrépidos y no se conformen con lo ya conocido; pienso que en ello reside parte del misticismo de la cultura del vino; y siempre que puedan, se atrevan a seguir el consejo de Pablo Neruda quien en su poesía “Muere Lentamente” nos decía algo así como:

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce, quien prefiere lo cierto sobre lo incierto, evitando una pasión, un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Carlos Enrique López García – Catador, Miembro fundador del Grupo de Cata Baco vive