Lanzarote: malvasías imprescindibles

Todos debemos tener ese rincón secreto, ese curruncho (como me gusta esta palabra que se quedó enganchada a mi piel durante mi vida en Galicia), ese retiro donde poder recargar nuestras baterías cuando éstas se iluminan con el luminoso de “Game Over”. Lanzarote, su magnetismo y su cautivadora atracción llenan mi depósito y a la vez reconfortan mi espíritu y mi alma, gracias, en gran medida, a sus seductoras malvasías.

La malvasía es una variedad de aromática sutil y sugerente, de media intensidad, insinuante, pero que anticipa generosa y sincera el fantástico disfrute que producirá en el paladar. De paso fresco, profundo, donde su frutosidad, tropical en la insinuante golosidad,  y a la vez ácida en la provocación, viene envuelta en un velo sugerente y herbáceo, y donde su untuosa sedosidad confiere un final de recuerdo arrebatador e inolvidable.
En mi último encuentro con la tierra del fuego, del calor volcánico y del viento alborotador, seguí las pisadas que un día dejaron unas manos imprescindibles para la malvasía, los pasos de un hombre que tuvo la clarividencia, en los años 80, de ver el potencial de la uva malvasía, y que hoy, muchos años después, vuelve a la isla de Lanzarote: Felipe Blanco. Estuvo en Bodegas El Grifo, hace  más de dos décadas, y ha vuelto ahora a la isla <<para consolidar y aportar su granito de arena para el crecimiento del proyecto Bodega Los Bermejos>>, según sus propias palabras.
Así que mi paseo por el picón soleado, ardiente del verano cautivador, recorre un camino rectilíneo entre  hoyos excavados con formas de copas de vino blanco; dos vinos que tienen tantos vínculos emocionales en común, que uno tiene la extraña sensación de estar caminando por una especie de cordón umbilical. Afinidades llenas de mineralidad y exultante expresión volcánica.

El Grifo es la historia de la isla hecha presente; es el “abrir caminos”, derribar barreras”, allanar veredas, es el sentimiento de Lanzarote vinificado. Pasear entre sus antiguos depósitos alicatados, contemplar la inscripción del año de su creación, 1775, o ver el trascurrir de la historia de la isla tamizada en utensilios y máquinas relacionadas con la cultura del vino, es descubrir y percatarse como en una copa de vino nuestro pasado y sus tradiciones se licuan para invadirnos y seducirnos en nuestro interior. Crónica de una cultura que se materializa a nuestro paso, en hitos tan increíbles como la cepa de moscatel del siglo XIX, a cuya sombra interior un vino dulce será como un dogma de fe para nuestro espíritu. Junto a la delicia golosa, todo un abanico de vinos, de inquietudes, dignos de conocer. Y descubrir como la malvasía se muestra alegre y juguetona cuando se deja embaucar por el carbónico de la segunda fermentación propia del brut nature.

,Otro punto en común con sus vecinos del paraje de Juan Bello, en el sitio de La Florida, localidad donde nos encontramos con Bodega Los Bermejos (también ellos nos presentan esa fantasía espumosa). Sus instalaciones ocupan parte de un caserío del siglo XVIII, y sienten el resguardo de la historia cotidiana que se ha ido forjando en los lagares de los caseriós que la salvaguardan. Malvasía es la referencia de Bodega Los Bermejos y sin duda sus vinos son los  que más notoriedad ha conseguido en los últimos años, fieles al carácter volcánico y mineral de sus suelos, y fieles a la climatología que aporta diferenciación en cada racimo, en cada botella.
Los Bermejos empieza a abrir sus puertas a los amantes, y ha creado un espacio muy especial donde poder sentir cada uno de sus vinos, de sus malvasías, porque para ellos, la malvasía es el faro que ilumina su camino (aunque amplia es la gama que se puede descubrir en su mesa de cata, como esos dulces moscateles, que tan buenos resultados aportan en esta isla). Una bodega creada en los albores de este siglo XXI, pero que lleva impresa la historia en cada vendimia que vinifica, apostando, cada vez de manera más decidida, por la riqueza biológica de la agricultura ecológica (visible, de manera evidente, en un Diego seco muy especial).

El Grifo y Bermejo no son los únicos de Lanzarote; son un espacio de la historia, pero sobre todo, son parte del presente de la cultura del vino lanzaroteña. Dos puntales dignos para descubrir la excelencia de la malvasía volcánica.