Enoturismo según PradoRey

Puede sonar pretencioso, pero siempre he creído que Descartes estaba equivocado. Para bien o para mal, las personas somos más emocionales que racionales y es precisamente por ello por lo que buscamos experimentar, sentir, vivir las cosas por nosotros mismos en definitiva.  Hoy, en nuestro  siglo XXI, el de las tecnologías de la información y la interacción total, este axioma que acabo de defender, es aún más cierto que nunca. El gran reto que afrontamos las empresas hoy en día  es el de comprender que estamos ante un nuevo paradigma en el que la palabra fidelizar se ha quedado obsoleta, que de lo que se trata es de hacer a nuestros clientes fans, porque sólo de esa forma podrán identificarse emocionalmente con nuestras marcas y productos, y que muy probablemente el camino más efectivo para lograrlo sea creando toda una experiencia en torno al consumo y disfrute de los bienes y servicios que ofrecemos.

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La verdad es que en el mundo del vino lo tenemos relativamente fácil. Las bodegas de por sí tendemos a estar ubicadas en entornos maravillosos, rodeados de preciosos viñedos, los cuales, a lo largo de sus ciclos, nos premian con una retahíla de colores que varían a lo largo del año a través de los cuales la naturaleza se muestra en todo su esplendor. Ello, en un momento de la historia en el que la mayoría de las personas ha optado por vivir en enormes urbes, dónde apenas quedan resquicios para este tipo de espectáculos que la creación nos brinda, ya supone de por sí un antes y un después para la mayoría de personas que se acercan a una bodega. Pero además, el mundo del vino se presta a contar historias, por cuanto dentro de cada botella además del mosto fermentado, a menudo envejecido en nobles barricas de diversa procedencia, se aglutinan de forma ordenada  muchos sueños, anhelos y, sobre todo, mucha pasión. Es muy diferente referirte al Adaro de PradoRey como un Crianza 100% tempranillo de la Ribera del Duero, a hacerlo como el sueño de un pionero llamado Javier Cremades de Adaro, mi abuelo,  el “loco de la Ventosilla”, quién se atrevió a plantar cepas en latitudes consideradas inviables para el desarrollo de la vid, entre las cuales, por cierto, hoy puedes darte un paseo con unas vistas espectaculares, e incluso catar sus uvas durante la vendimia sólo unos minutos antes de descorchar una botella de un caldo tan especial ya en la bodega.

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A quiénes nos visitan tiende a impactarles nuestra sala de barricas, la modernidad y la limpieza de nuestras instalaciones, así como el mimo y cariño que ponemos a cada uno de nuestros vinos, los cuales reflejan una personalidad propia pulida a lo largo de los años que procede de todos y cada uno de nuestros viñedos, dónde intentamos sacar lo mejor del terruño. En PradoRey hay un espacio enorme para el talento, la imaginación y la intuición de quiénes trabajan en bodega, no tanto para el azar. Porque en el mundo del vino todo pasa por algo, todo tiene un por qué, y no podemos negar que incluso utilizando las técnicas más vanguardistas, nuestros enólogos sólo pueden aspirar a sacar lo mejor de una naturaleza que cada año se presenta a su antojo y de forma diferente.

Pero PradoRey es, además, historia en todos los sentidos. Empezando por nuestra marca, la cual toma su nombre del prado ubicado en nuestra finca Real Sitio de Ventosilla donde Felipe III solía cazar. Las jornadas de teatro barroco que cada año celebramos, por ejemplo, tratan de recrear aquella maravillosa locura artística que el propio monarca solía organizar cuando invitaba  a Lope de Vega o Rubens entre otros por estos lares. Aquel palacio que el Duque de Lerma construyó para su majestad, hoy pervive como posada en la que algunos de nuestros visitantes pueden hospedarse, haciendo un viaje en el tiempo de casi 400 años. Impacta saber que uno puede pasear, además, por aquellos caminos que también recorrió en su día Isabel la Católica de la mano de su padre, Juan II, mucho antes incluso de que se construyera el citado palacio. Hoy el Real Sitio de la Ventosilla sigue siendo una explotación agrícola ejemplar, como la consideró en su día Alfonso XIII, orientada hacia la sostenibilidad y volcada en hacer degustar a todos los que nos visitan un maravilloso cocktail en el que historia, tradición, cultura, modernidad, riesgo y mucha pasión se abrazan en forma de una experiencia hecha vino que tiende a ser inolvidable.

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Y nos queda Rueda, una región que nos ofrece un equilibrio imposible y con una maravillosa uva, la verdejo, cuyo potencial aún está por descubrir.  Ahí ofrecemos algo diferente, un viaje sensorial en el que nuestros visitantes comienzan a jugar con todos y cada uno de sus sentidos, tratando de que introducirles sutilmente a una cata que termina siendo la guinda de un pastel preparado con mucho cariño y esmero desde que uno cruza la puerta de nuestra bodega.  El objetivo, que nadie salga indiferente y que se destierre el mito de que el vino blanco es más fácil de hacer o tiene menos que contar que el tinto. Sólo cuando ves in situ el boreal y compruebas lo difícil que es bordear los caminos inexplorados, te das cuenta de que las cosas más sencillas a veces conllevan muchas horas de desvelo, y no precisamente porque la vendimia sea nocturna.

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Así pues, querido lector, si te estás planteando una escapada enoturística, no puedo dejar de recomendarte que nos hagas una visita y te dejes empapar de todo esto que durante estas líneas te he tratado de explicar, pero también animarte a que conozcas otras bodegas, otras regiones, y que lo hagas sin complejos. El mejor vino siempre es el que más le gusta a uno y en cada lugar te espera una experiencia maravillosa y diferente. ¿Te las vas a perder? Mis disculpas, señor Descartes.

Fernando Rodríguez de Rivera Cremades, Director General de PradoRey.

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