Día europeo del enoturismo

Hoy, 13 de noviembre se celebra el día europeo del enoturismo. Por toda la geografía de nuestro país se están celebrando numerosos actos, desde visitas guiadas gratuitas a exposiciones, pasando por conciertos y jornadas de puertas abiertas. Cualquier excusa es buena para este tipo de celebraciones. Pero a mi, personalmente, lo que me apetece es reflexionar sobre el tema.

Hace ya muchos años que me empecé a interesar por el enoturismo, seguramente por la necesidad de conjugar mi pasión por viajar con la buena gastronomía. No es que sea un experto ni en lo uno ni en lo otro, pero algo sé del tan de moda “turismo de experiencias”, sobre todo, por las mías. He visitado numerosas bodegas, dormido en algunos hoteles y comido en un sinfín de restaurantes, y en todos los casos mi inquietud ha sido la misma: conocer y sentir.

No voy a hacer una valoración documentada ni estadística de lo conocido o sentido, pero si que voy a plasmar en estas líneas mi sensación general, que podemos resumir en una frase: nos queda mucho por aprender.

Las visitas a las grandes bodegas

Sea en Jerez, en Lanzarote o en Ribera del Duero, la sensación que casi siempre me he llevado es la de ser un mero espectador, pero no de un espectáculo ameno y divertido, sino de una visita con pretensiones didácticas, guiada por una persona voluntariosa que no es capaz de transmitirme ningún tipo de pasión por lo que me está contando. Si a esto unimos la necesidad que algunos de mis compañeros de visita tienen por llenar el estómago, estas visitas en grandes grupos no dejan en mí sino una huella pasajera: he conocido otra bodega.

Las visitas concertadas para grupos reducidos

En Jumilla, el Priorato o Valencia he tenido la oportunidad de concertar visitas en bodegas no tan grandes, no tan espectaculares, donde el trato personalizado es lo más importante. En casi todas las ocasiones el cicerone era el enólogo o el bodeguero, incluso el mismo dueño de la bodega. Aquí mis sensaciones han variado. Hacia mejor, sí, con un recuerdo claro y enriquecedor de lo hablado, lo aprendido y lo probado.

Pero el regusto con el tiempo se ha ensombrecido, sobre todo por un pensamiento: ¿porqué estos pequeños productores no tendrán un apoyo real de las asociaciones o las rutas?, ¿porqué no cuentan con alguien que les asesore (bien) de cómo transmitir esa pasión y esa dedicación desde un punto de vista mucho más “marketiniano”, mucho más profesional?

Los hoteles y restaurantes entre viñedos

En muchas de estas escapadas, también he tenido la oportunidad de comer en alguna que otra bodega o de alojarme en bonitos hoteles adscritos a una de las “Rutas del Vino”. En general las experiencias han sido muy positivas. Pero casi siempre me quedo con la sensación de que las acciones no están coordinadas, de que falta una comunicación más fluida y determinante entre bodegas, hoteles, restaurantes y autoridades locales o autonómicas, para que las propuestas tengan en cuenta todas las necesidades, todos los perfiles del visitante.

No quiero resultar pesimista o agorero: estamos avanzando. Cada vez son más las iniciativas originales, basadas en proyectos interesantes y diferenciados. Pero me gustaría que estas palabras sirvan para la reflexión y la discusión, sobre todo si lo que pretendemos es crecer en la excelencia, en lo que al turismo del vino y la creación de marca se refiere. Hay que concienciarse: si queremos que las ventas nacionales de vinos crezcan, tenemos en el enotursimo de calidad uno de nuestros mejores aliados.