De Méntrida a Valdepusa

Entrada en la cueva de Bodegas Jiménez LandiLos que habitamos en la capital de España nos empeñamos en cargar, sobre nuestras espaldas, centenares de kilómetros para saciar nuestras más íntimas y personales pasiones enológicas; recorrer y conocer bodegas en La Rioja, Penedés o Ribeira Sacra (por poner tres ejemplos) es una delicia, pero muchas veces nos olvidamos de nuestros vecinos; y no me refiero solo a los vinos de Madrid, sino también a otros viñedos cercanos y llenos de encanto.

Así que decidí reparar parte de mi culpa, y, volante en mano, me dirigí por la Nacional V. El asfalto convive, nada más dejar las últimas edificaciones altas, con los primeros viñedos madrileños, que encontramos en Navalcarnero. El primer vino me es ofrecido, pero mi mirada está puesta algunos kilómetros después, en la localidad toledana de Méntrida.
Méntrida, población donde conviven el clima continental y el mediterráneo, resguardada por la Sierra de Gredos y con una pluviometría escasa, esconde, en varias de sus tierras, de sus entrecruzadas parcelas, algunas de las garnachas más antiguas de nuestro país; uvas, muchas de ellas de maduración fresca, sombría, con fuertes variaciones térmicas, que nos seduce con vinos frescos y muy frutales. Así se muestran los vinos de Jiménez Landi, cuyo máximo responsable, Dani, siempre está dispuesto a tirar de pipeta y compartir la cata de cada una de las barricas de sus fincas, de Cantos del Diablo, de El Fin del Mundo, de las diversas garnachas que componen Piélagos (este último elaborado con las uvas de la vecina población de El Real de San Vicente)… Nos encontramos una bodega donde se respira pasión, donde se practica el cultivo biodinámico en algunas de sus tierras, donde se lucha por devolver a la tierra todos los aportes naturales que la tierra da al fruto; en definitiva, respeto a la madre naturaleza, amor por el vino. Vino que brota ente los dedos de los pies de Dani, mientras pisa con mimo las uvas en grandes tinos de madera. Vino que reposará en la cueva de la familia, excavada por anteriores generaciones en el siglo XVII.

Entrada a la Bodega Capilla del FrailePasión que nos abre las puertas de nuestra segunda parada, de nuestro fin de ruta. Capilla del Fraile nació de la motivación, del amor por el campo de Iñigo Valdenebro, un hombre que un buen día decidió convertir un secarral en un prospero olivar y un mimado viñedo. Ese fervor por la tierra te traspasa la piel paseando entre olivos (arbequina y picual), mientras Iñigo te va cortejando el oído con cada uno de los pasos, de las historias que llevaron al olivar a ser lo que hoy es.
Y ese cariño se entremezcla entre la miga de pan blanco que pringas en el aceite, fresco, con un punto de acidez y un ligero amargor final que es pura seducción.
Almazara y bodega; disfrutar de la vendimia y de la recolección de la aceituna. Ver bullir los depósitos durante la fermentación de la syrah y de la petit verdot, base del sugestivo coupage Capilla del Fraile (yo pude paladear el 2005 y ver como viene la añada siguiente) o vivir el ligero estrujado de la aceituna para dejar manar su líquido más íntimo, ese primer néctar.
Casi cien hectáreas (sólo 14 son de viñedo), dominadas y vigiladas por la casa de campo, residencia familiar y base de una bodega, y de una almazara, abierta para sentir los sentidos, despertar nuestras emociones más campestres, vivir, conversando con sus responsables, la necesidad de alimentar nuestras santas pasiones enológicas.

Después de recorrer los viñedos del Real de San Vicente, donde Bodegas Jiménez Landi tiene algunas de sus viñas más recónditas, de conocer su cueva donde hace la crianza su mejores vinos, de sentir los aromas de los olivos de Capilla del Fraile y ver como sus viñedos buscan sin descanso los cálidos rayos toledanos, siento que mi íntima y personal deuda con estos grandes vinos, con estos magníficos aceites, empieza a ser pagada.